PRESENTACIONES

Dharma Tradición. Historia de una tiranía

Cuevas-Barranquero, J.M.
Doctor en Psicología. Universidad de Málaga

Dharma Tradición es un grupo sectario que ha operado en Málaga liderado por Francisco Martínez Martín. Uno de esos grupos casi anónimo para la sociedad, que creó un micromundo en torno a la personalidad excéntrica de su gurú. Recientemente, ha entrado a prisión, condenado a siete años y once meses por los abusos sexuales a una menor.
Francisco, durante los años ochenta, fue un iluminado del esoterismo. Persiguiendo OVNIS y estudiando ciencias ocultas, apegado a grupos platillistas como la “Misión Rama” de Sixto Paz, comenzó a sentir el placer del poder. El poder de lo desconocido, y especialmente, el de experimentar control sobre otras personas. Gradualmente fue imponiendo su autoridad, incluso contra sus amigos, que comenzaron a verle como un visionario. Pero Francisco descubrió que el esoterismo no acababa de dar todas las respuestas, las modas cambiaban y el gancho de lo oculto le pareció una herramienta insuficiente, limitada para sus intenciones. Entonces, comenzó con el estudio de las religiones: budismo, cristianismo e islamismo, principalmente. Abrió en Málaga, en torno al año 2000 un primer centro, inspirado en el budismo, el denominado “Centro Buda de la medicina”, apadrinado entonces por un lama que vivía en Granada. El reconocimiento de los lamas se limitó, la sombra de la sospecha condujo a la retirada de apoyos; el centro cerró pero la secta continuó. Paco ya habría configurado su línea principal de seguidores. Aunque todavía siguió etiquetándose como “bodhisattva”, una figura iluminada en el budismo, su grupo fue ampliándose hacia un extraño sincretismo, mezclando otras creencias religiosas y otras señas de identidad.

Francisco tenía dos grupos, el de las mujeres y el de los hombres. Dos infiernos diferentes en la Tierra. Separó los sexos e impuso un fuerte control y censura sobre ellos, condenándoles a la castidad: “podéis buscar pareja, pero no podéis dejaros condenar por la mujer moderna; ésta os llevará a perder vuestros valores y a condenaros; sólo podéis entregaros a una mujer tradicional”. La misoginia fue transmitida y radicalizándose, de tal manera que clasificaba a las mujeres, etiquetándolas de forma muy despectiva: modernas, putas o zorras, tradicionales… estas últimas era un grupo en extinción…los criterios de la mujer tradicional eran tan absurdos como difíciles de encontrar en sociedad. La mujer moderna suponía el escalafón más degradado, puesto que sostenía que “al menos la mujer “prostituta” admite su pecado y no engaña respecto a su verdadera naturaleza”. Esta clasificación condenaba al grupo de mujeres, que vivían en la culpa, convencidas de su pecado, viviendo un estado cercano al de la reclusión. Ellos también contaban con una clasificación propia de la Edad Media: campesinos, artesanos, guerreros…Los castigos, también eran propios de aquella época, incluyendo latigazos o reverencias en las que ellos se tumbaban, mientras su gurú pasaba por en encima de ellos, literalmente.

En un grupo mesiánico y apocalíptico, en el que sobrevivir conllevaba renunciar a mirar al sexo opuesto, vestir con excesiva discreción y seguir todas las pautas doctrinales para sobrevivir.

Pero Paco escondía un secreto. La culpabilidad extrema inducida, donde todos eran considerados pecadores que se dejaban arrastrar por terribles pasiones, contrastaba con su amplio apetito sexual. A las mujeres se les convencía de que su naturaleza libidinosa era descontrolada y él debía ayudarlas; se sacrificaría por ellas; al fin y al cabo, “un bodhitsattva ya ha alcanzado la iluminación” y su comportamiento “está libre de maldad” (la maldad sólo está en la cabeza de los pecadores). Obligaba a las mujeres a esperarle en casa vestidas como prostitutas, todas debían aguardar en ropa interior, con ropa de encaje… para poder expiar sus pecados debían mantener relaciones con el iluminado. Mientras, los hombres, que desconocían lo que ocurría en la otra vivienda, convivían de forma austera en viviendas controladas por Francisco. Todos trabajaban para él y su autoridad no podía admitir dudas. Muchas noches recibía “los mensajes”, como transmisor divino irrumpía y hacía llamar a todos; entonces, sentado en un trono, portando un cetro, entonaba canciones de forma repetitiva (con música alta de fondo) y transmitía las “enseñanzas sagradas”.

¿Cómo funcionó el engaño?, ¿cómo un gurú consigue tal grado de dependencia y sometimiento?, ¿qué técnicas manipulativas, abusivas o coercitivas se emplearon?, ¿cómo se desarrolló el periplo judicial?, ¿cómo funciona una pequeña secta?; ¿qué opinan sus víctimas?. La comunicación pretende arrojar luz a tales preguntas.